El milagro de ver

«Levantó los párpados. Le dijeron que debía reposar una hora con los ojos cerrados, pero no podía esperar. Hizo el gesto de coger las gafas de la mesilla pero se dio cuenta de que ya no las necesitaba. Llegaron sus dos hijos y su marido y la abrazaron. Los miró una y otra vez y sintió que nunca se cansaría de observarles. Mofletes sonrojados, patas de gallo, los hilos sueltos de sus camisas e incluso percibía exactamente el color del iris de cada miembro de su familia. Había valido la pena. Quería llorar pero no lo hizo. No quería estropear esas vistas tan espectaculares con lágrimas.»

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